Para Monet cada vez es menos trascendente el objeto pictórico como tal y decide entregarse por completo a tratar de captar la atmósfera luminosa y que cambia de condiciones rápidamente y con sutiles variaciones.
De esta forma suele trabajar en varios lienzos a la vez, cosa que también ha hecho en el pasado, surgen así las series de cuadros afines: los álamos, los almiares, la Catedral de Rouen.
Así es que retoca cada vez más los cuadros en el estudio, superando así el dogma impresionista, en sentido estricto.
Viaja a Rouen, y pinta su famosa Catedral a primera hora de la mañana, a pleno sol de mañana, por la tarde y a última hora de la tarde, viendo estos cuadros, dijo Clemenceau: “…el milagro de la percepción de Monet reside en que reproduce vibrantemente la piedra, bañada en oleadas luminosas que se descomponen y desintegran con destellos chispeantes.
Se acabaron los cuadros invariablemente muertos. Ahora hasta la piedra cobra vida, uno puede sentir como cambia, la piedra envejece, podemos verla envejecer…”